Publicado: 25 de Julio de 2016

En el Tibet, como en todos los países donde la joya no tiene solamente función estética sino sobretodo simbólica y apotropaica, las joyas se acumulan sobre los trajes.
La mayor parte de las joyas está realizada con piedras simbólicas y elementos orgánicos, ambos seleccionados por sus poderes protectores, taumaturgos y religiosos.
A menudo los colgantes son amuletos y relicarios que contienen formulas mágicas, encantamientos y oraciones. Los colgantes relicarios se presentan bajo formas muy variadas: redondos, cuadrados, ovales o en mandala y están realizados en oro, plata o cobre. Para aumentar su valor, la superficie está a menudo enriquecida con ornamentos simbólicos hechos con cincel o tallados.

Las joyas en Tibet asumen también un gran valor de estatus social y, por eso, las castas de los funcionarios, de los nobles y de las familias pudientes están dispuestas a pagar grandes sumas de dinero para llevarlas o para que sus mujeres las lleven.
Salvo en el periodo de gobierno del XIII Dalai Lama (desde 1929 a 1933), que impuso severas reglas y restricciones de gasto respecto a las joyas, desde los tiempos antiguos para los tibetanos laicos llevar puesta joyas era no solamente un placer sino un deber moral e institucional que preveía las burlas y a veces la aplicación de sanciones a los que no obedecían

Los collares pueden llegar a tener dimensiones realmente imponentes con aplicaciones de grandes gemas entre las cuales las preferidas son el ámbar, el coral, la turquesa y el ágata blanca y negra.
De ágata negra están realizadas también las perlas llamadas Dzi que presentan dibujos característicos en blanco y en negro que, según la forma que crean, tienen un exacto significado y valor.

El termino Dzi en tibetano está ligado a la luz y al brillo (la raíz semántica es muy antigua y compartida por varias poblaciones, por ejemplo es la misma como nuestra palabra luz pero también como el termino dios, cesar y zar). Estas perlas son muy importantes en la cultura tibetana y a ellas están ligados orígenes mitológicos que varían de provincia a provincia, aunque sean todos ellos muy antiguos. Algunos transmiten que estas derivan de los excrementos de un pájaro mítico que solamente se nutre de piedras preciosas; otros creen que son insectos petrificados; otros que sean los restos de perlas mucho más bonitas, tiradas por los dioses sobre la tierra cuando están defectuosas.

En los collares, las perlas Dzi son a menudo llevadas como colgante principal y central colocado entre dos o más perlas de coral.

Desde la antigüedad la variante más valorada de coral procedía del Mediterráneo y estaba reservada para las clases sociales más pudientes y de hecho las perlas de coral, con forma generalmente cilíndrica redondeada, pueden asumir dimensiones realmente imponentes.

Ya el comerciante veneciano Marco Polo, en el siglo XIII, apuntaba que tanto las mujeres como los hombres usaban el coral en los collares, para adornar los ídolos y también para sus peinados.

En la provincia de Qinghai y las mujeres Ando del noreste del Tibet suelen peinar sus cabellos dividiéndolos en 108 trenzas, numero simbólico de buen auspicio en la cultura budista; y también los hombres Kampa trenzan sus cabellos con borlas rojas y los recogen alrededor de la cabeza.

Estos peinados ofrecen una amplia gama de posibilidades para jugar con tejidos ornamentales y colgantes de varias formas y materiales y entre todos los más comunes son, ademas del coral, la turquesa y el ámbar, que pueden ser incluidos entre el peinado en forma de perlas simplemente desbastadas y agujereadas o enriquecidas con montaje en plata grabado o cincelado.

Para los budistas el azul es el cielo mientras el rojo es la luz y, juntos estos dos símbolos, atraen el conjunto de las energías naturales.

La turquesa es otro material que no puede faltar en las joyas tibetanas porque representa una suma de todos los valores benéficos espirituales, simbólicos y físicos.

La turquesa se usa en forma de bastas aplicaciones levemente limadas y agujereadas, usadas en los collares, tanto como en placas cortadas y pulidas de varias formas y usadas como colgantes para pendientes, peinados y collares.

Muchas joyas están realizadas en plata, oro, o cobre dorado, donde la turquesa se incrusta en secciones de varias dimensiones y formas para crear un mosaico.

Las mujeres llevan vistosos pendientes de mosaico en turquesa mientras que los hombres llevan almeno un pendiente en el lóbulo izquierdo con la convicción que, si no lo hacen, podrían reencarnarse en asnos.

Otro protagonista de la orfebrería tibetana es el ámbar, resina fósil a la que se le atribuyen capacidades curativas contra la ictericia. El ámbar más buscado, por su particular tono de amarillo, es el que proviene del Báltico, que llega al Tibet a través de Rusia y Turkestán.

También el ámbar se utiliza con abundancia en forma de aplicaciones como discos o simplemente desbastadas y agujereadas y con dimensiones variadas y que pueden servir tanto para peinados como para collares a veces muy grandes.

Todas estas gemas pueden ademas ser incrustadas en planchas, cosidas sobre trajes y también sobre cinturones de metal que sirven para cerrar las vestimentas de los trajes tradicionales en tejido para el verano o en piel de oveja para el invierno.

Los monjes tibetanos llevan unos ropajes muy sobrios, con colores cálidos en tonalidades del rojo y naranja y de un solo color y en general no llevan joyas, menos un particular "rosario" con cuentas hechas de varios materiales y que se llevan entre la muñeca y la mano para permitir rezar los distintos mantras.